Mostrando entradas con la etiqueta Magnalia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Magnalia. Mostrar todas las entradas
Magnalia: lleva mi alma
a quien no la tiene. 
Ah, pantera,
nuestro sarcasmo
es irritante.
Pero no quiero
que la vida se nos vaya
mientras aplaudimos
un concierto de Bach
(dudo de ti, Joan Sebastian Bach).

Pantera, nunca maullaste.

No está la vida
en un lugar que
haya sido descubierto.
No está la vida en un lugar.
No hay palabra para la muerte
ni en la más ardua enciclopedia.
No hay palabra, sólo hay sonido
y subsecuente comprensión.
¿Y qué inventada, remota,
estropeada comprensión?

Pantera, nunca me has visto.






¿Qué has pedido en tu noche de fiesta
que los zanates han venido hasta mí gritando?
¿Es que te confundiste de piel,
pantera, y ya no estás muerta?
No, no era la hora
y yo lloraba cada día
por verte amanecer sin ojos.
Pero ahora veo que te vuelves
a calzar de sueños infantiles,
de romances injustos, de errores santos.
Veo que te perfumas.
Que te penetra el burro líquido.
Que absorbes venenos misteriosos.





El universo no habla.
Canta, coje, fuma, rockea.







Cuando el sol penetra
el interior de la montaña
ya nos hemos desnudado.





Banqueta y banquete

La reina del sexo está ocupada
derritiéndose en las nubes.
No la molesten.
Su orgasmo es para todos.
En su orgasmo, todos comen,
todos beben.
/
La reina del sexo contempla
los jardines breves desde su banquita.
Se acercan a ofrecerle un algodón
de azúcar, un collar, una
medicina que cura enfermedades
futuras. Ella rechaza.
/
La reina del sexo está concentrada
leyendo su periódico donde
todas las noticias gimen
de un placer inusitado.
Donde sólo se habla de
un goce silencioso que
nadie sabe a dónde ha ido.
/
La reina del sexo ríe,
cierra el periódico y mejor
se larga a admirar a un adolescente.
Lo encuentra en un callejón
de una ciudad en blanco y negro
de película. Está allí el adolescente,
oscuro adolescente, ensimismado.
La reina del sexo lo acaricia
toda la tarde, toda la noche,
hasta que el adolescente vuelve
a respirar como la vida.
Se invitan a cenar al mismo tiempo,
es curiosa la casualidad. La reina
rechaza, pero le ofrece sus tetas
de cobijo. Ahora debe ir al cielo
a consolar a los asesinados.
Después al infierno
a consolar a los asesinos.
El adolescente se marcha y a casi nadie
contará lo que pasó. Sólo a su perro,
que ladra y que ladra. Es que él también
pasó oliendo toda la mañana a una perrita.
/
El último día del mundo
ya fue anunciado.
Por última vez hay que mirar 
las manos suaves 
de la reina del sexo, 
siempre ocupada y rijosa.
A la mañana todo explota,
pura dinamita, la ciudad en llamas.
En vez de gritar los hombres callan.
En vez de correr se mira por televisión
la mejor serie de detectives.
/
Las llamas envuelven todas las cosas 
pero las llamas son también lenguas. 
Chupan seís días continuos 
y hasta el séptimo devoran.
A diferencia de Dios, no sienten pereza.
En el vacío de lo que debió ser enero,
la reina del sexo está sola bajo la sombra.
Vuelve la mirada a otra parte -lo que
quedó de piedras- se suicida 
para recomenzar más poseída.

Pantera,
cuando hablo contigo
es porque sé que no hay nadie escuchando.

Pantera,
siempre me olvido.

Me olvido caminando
y muchos hombres van caminando con portafolios o mochilas,
con celulares o palabras guardadas tras sus bocas.
Me dicen: hablemos
y yo sólo tengo cabeza para pensar que el único diálogo sin interrupción es el silencio.
Lo pienso y lo pienso seguramente porque no termino de entenderlo.
Y miro a estas mujeres y hombres brillar como el sol pero de una manera más sublime que el sol, lo creo.
Me olvido, también, mirando de cerca. Y eso me espanta porque no es lo mismo olvidarse frente a una mujer que espera todo de ti
que frente a un cielo que se va enchuecando según vuelan los pájaros que crió el atardecer cuando uno hace todo por seguirlos.

Me olvido ya
y muchos hombres,
casi todos los hombres del mundo,
se forjan de mí porque te escribo,
ignoran que ignoramos,
que nada sin ti vale,
que eres, animala, muda
y en noches así nutrimos
pastos de arena,
cofres de profundas aguas:
tontas cosas, pocas cosas, sencillas,
peces, piedras, manos,
artilugios bajo la llave del
que apodamos nuestro día
y que es poco nuestro,
porque lo que vivimos es como si fuera la invención de otro,
porque lo que vivimos fue adverso y corrupto
y hemos de cambiar toda la vida.

Pero, pantera, yo te quería decir
unas líneas que escribí la otra vez sobre la noche,
o sobre tu color, o sobre algo más que haya olvidado.
¿Dónde las pongo?

Es que veía en la oscuridad tus ojos
y sabía que no eran tus ojos
porque tus ojos me son inalcanzables
aunque digas que no, aunque me mires,
porque los hombres que imitan el rostro inhumano de la noche
sólo repiten la crueldad de la desesperación de caer en un vacío:
para nosotros la noche es intocable y lo que iluminamos de ella no es más
que nuestro propio reflejo, dolor y prejuicio.



amaramaremo
amaramaremo
la vi... tación
la vi... volar
pierde tu eje al bailar
brinca de aquí allá
porque la noche sigue
sin parar
no es ya un secreto
porque la noche sigue y sigue sigue

papapapainfamia
papapapaguerra
papapapaherida
papapapainfamia
papapapaguerra
papapapaherida

dame un río
para navegar

no queremos más dolor

porque la vi... tación
la vi... volar
porque perdí mi eje
al bailar
y encontré la noche eterna.









El aire cerró tus ojos.
Llegaste a casa, entre jardines descuidados.
La hallaste sin puerta, sin muebles, sin ventanas.
Tú eras el pasillo por el que caminaron liebres.
Tú eras las paredes donde se proyectaron rojas sombras.
Nadie te oía.

Pero la verdad de un corazón que se hizo en lo alto
está predestinada a aparecer
y disolver los murmullos de una casa
de la que ahora eres dueña.
Entró el mar a tu vientre.
Elegiste el vitral azul para tu techo y que la lluvia lo empapara;
sin percatarte el cielo te miró cuando más reías
y siguió mirándote aún cuando, desnuda, te arrancaste la piel
para no estar más desnuda; cuando inocente, devolviste la traición
porque no era suficiente tu inocencia.
Compusiste el piso; retiraste las raíces e insectos que con el tiempo
se apoderaron de la casa. Inventaste balcones donde nada había:
un balcón que daba hacia la calle y otro hacia el jardín trasero y otro más orientado hacia un lugar remoto donde todo era sencillo.
Las escaleras las dejaste a la imaginación de los personajes retratados que clavaste en la pared, personajes de una estirpe maravillosa que reinventaba la escalera cada día, peldaños de roble o saúco u obsidiana; barandales varios. Un día se quedaron dormidos y te dejaron sin escalera tres días arriba; entonces lloraste y aprendiste a volar.
Enterraste tu sótano, supiste que los fantasmas de tu casa provenían de otro lado; los alimentaste y cobijaste por un tiempo para después indicarles su camino. Nunca hablaron contigo pero aprendiste a callar con ellos.
Y a la hora de la luna o de las flores o del canto -no era tanto de la luna, de las flores o del canto- saliste a pasear por esos bosques, laberintos y calles -no era tanto de los bosques, laberintos y calles-, caminaste -no era tanto del camino; no era tanto de ti. El aire cerró tus ojos. Estás completa.

Sublime mi noche
que tragarla quiero,
se esparce por mi cuarto
mientras tú nos lloras.
Nos lloras porque amor perdido somos,
porque la eternidad se reconcilia
aquí cerca (aquí a la vuelta,
en tus manos con las mías),
porque miento:
estamos lejos.

Sublime mi noche
en que todo lo olvido
y lo dejo caer a pedazos
para recordarte en otro tono,
con piel, no sé, de musgo,
con un brillo en tus labios
y con un fuego real en tu palabra.

Te siento lejana, te dejo libre
y te amo de esta manera.

Sublime noche mía
en que, antes de mí,
abrí los ojos.
¿Qué se ha vuelto esta canción tan larga
que la ventana es agua y mi piano lancha?
¿Qué la conversación tan extendida
que yo, allá lejos, fui yo el último en darme réplica?
¿Qué este silencio que construyó mi voz dada por muerta?
No has dicho nada.
¿Quién eres, pantera?
¿Por qué no te asomas?
¿Te encandilaron las ciudades,
los senos desgarbados?
Pantera, la noche es triste
cuando se duerme de día
y nos enfermamos
y caemos entre salivaciones
y sentimos hambre y fiebre.
No es cierto que la noche
haya sido bondadosa con nosotros.
No es cierto que haya justicia
o verdad.
Pantera, los hombres no estamos
de acuerdo y hay ruido en todos lados.
Somos tantas almas que parecen pocas.
No alcanzamos ni a morir.
Pantera, di qué sientes.
De qué color es tu encierro
mientras el cielo lo ilumina.
¿A qué obedeces?
¿Cuál es tu vocación?
Pantera, yo sé que estás al fin del tiempo
pero hoy no alcanzo a verte
y te llamo desde lo lejos,
desperdigado por corazón,
por desenfado,
porque hoy quisiera
y dentro de mi querer crece
una nostalgia
que es tanta y muda,
muda de época,
muda de gente,
muda de una tierra
que no llega a conocer su alba.
Y tú que vibras entre los
tallos y brillas entre las sombras.
Y el mar que regurgita
siempre muy cerca.

Nicanor

Nicanor,
¿sigues allí en el árbol?
Me hiciste jurar, virgen;
me hiciste abjurar, virgen,
Nicanor, ¿sigues allí?
¿de qué iba ese cuento
que hilamos juntos
en la pubertad del mundo?
Nicanor, ¿estás escuchando?

eres la risa que espanta a las estatuas
y no eres nada más que la muerte

Nicanor,
de una herida extrajimos tu nombre,
¿recuerdas?
y te trepamos al árbol para que no mancharas tus pies
del lodo que hierve la sangre de los hombres.
De una herida sacamos tu nombre, Nicanor,
¿recuerdas?

Y tus ojos,
esos puntos suspensivos en mis hojas de antaño,
hojas con rayones, preocupadas,
esas lagunas que esquivan las noches,
tus ojos,
esas gotas colgando de unas ramas.
Por tus ojos
lo di todo, Nicanor,
y finalmente vencimos,
nosotros
para siempre derrotados.

el silencio
se hizo espuma

Verás, sonrisa triste,
levantarse una lechuza
y trepar y trepar hasta mirarte los ojos.

A dónde irás, quiero decir, a dónde irás;
y acercarme mientras respondes,
boca llena de azufre,
boca sin sonidos que se agita
pues por eso no eres muda.

Verás la casa deshojarse entre tierra y tierra.
Irías a golpear la ilusión de ver diamantes lisos
por ver de qué roca sedienta y ronca se ha hecho el espacio.
Hasta el fondo de la cueva, húmedo lugar sin luz, vendrías,
por saber qué es ahí donde esperanza

y dolor habías cargado.
Y nada hay que halles y nada te prueba.
Pero ya observas, ya.
La realidad se acerca recíprocamente.

Dolor, dolor,
escalofríos,
desgarres;
Magnalia, todo lo siento.

No tengamos prisa, pantera, que las horas no
fueron hechas por nosotros.

Acurrúcate mejor aquí en la sombra.
Y tu piel se desdibuje un rato.

Ya después caminaremos. Saldremos a la calle
a eso de las 4 que es la hora de la siesta.

Yo te diré a dónde y tú me dirás cómo.

No es tan fácil, pantera,
pero siento alivio al contemplarte.

Y quisiera cuidarte y quisiera decirte
no es tan fácil, pero veo que me andas escuchando
más allá de las voces y palabras.

¿Qué decimos?
¿Qué es lo que decimos cuando hablamos que aún decimos al callar?

¿Eres tú, negra ave de tierra?