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Corazón manso;
se alegre.
No te detengas en juzgar allá afuera
lo que en ti mismo puedes mejorar.
Haz como el viento
que jamás se aferra.
Corazón puro;
perdona, olvida y deja ir.
Los días no se van
pero tampoco se quedan.
Anda como el agua,
cuya bondad es incorruptible,
y de ella beben todos.
Corazón manso;
se libre como el fuego
en que la rosa que muere se
ha de volver la rosa inmarcesible.
Dedicado, tenaz, compasivo,
se el honrado que sabe
inclinarse ante el alto cielo
y bajarlo entre los hombres
y su corazón se alegra. 
En pesadillas eventuales, 
En los quejidos a medianoche que no 
Te gusta oirme, 
En pensamientos tristes que no soy, 
Pero, sobre todo, en la sensación 
De no ser real (¿en qué otro rostro, 
En qué mano extendida lo confirmo?),
Ahí también ha de volver a brillar 
El sol de la vida que me trajo. 
Decir con esto basta,
con esto por ahora tengo.
Decir ahora el mañana
y haber dicho en el ayer
el sueño del ahora.
Nunca creer en el calvario,
y sí en la dicha.
Darlo todo ahora a la vida,
porque nada nos acompañará
en la hora de la muerte
más que la vida. 

El árbol es lento para volar;
las raíces no tienen prisa. 
El viento agita las hojas
del mar: espuma escurre
por su tronco. 
Y yo, mareado de cielo azul,
he preguntado esta mañana
si es nuestra sangre 
la que nos dio la vida.


Nacimos junto a las flores,
de madrugada y sin palabras.

Vivimos, ¡cómo vivimos!
Besando, amando. 

Morimos, también morimos.
Nos vamos, no nos quedamos. 

Me enojo cuando volteo,
no los encuentro y: "¿dónde están?" 

Ustedes que me amaron,
me cobijaron y que murieron. 

Los llevo, son mi luz, mi luna 
y mi sol. 

Ustedes son todo eso,
son todo el viento, todo el silencio.

¿Quién eres si un día nos vamos,
si un día no nos quedamos? 

Emilio. Yo soy Emilio,
una voz aquí presente. 

¿A dónde debo ir yo
si a ellos me debo, los que murieron?

Un sueño, es todo un sueño.
Y a veces no sé soñar. 

Nacimos junto a las flores,
de madrugada y sin palabras.

Vivimos, ¡cómo vivimos!
Buscando, andando.

Morimos, también morimos.
Nos vamos, no nos quedamos.

Entonces suéltalo todo,
se transparente, no escondas nada.

Sencillo, porque morimos.
Intenso: estamos vivos.

La vida, siempre es la vida,
y nosotros somos su voz.


Foto familiar

Estaban los pinos rascándose
la miel de la mañana,
rumorando que el duende
de la crispación se había caído
de una de las ramas.
Llegó la familia a la playa
y se tomó una fotografía
en familia. La chiquita dijo:
"Mamá, ¿es que no me has enseñado
que debo ser una reina de colores,
un basto de fe y de gentileza?"
Todos dijeron alabanzas a la arena.
Todos dijeron alabanzas a las olas.
El señor permanecía serio, serio,
serio como una estatua.
Y el chiquillo dijo:
"Papá, ¿es qué debo sostener este
balón para guardarlo de los
demonios de la esquina de mi casa?,
¿es qué debo sostener esta sonrisa
para cuando vayamos a una playa
menos calurosa?"
Y los otros dos chiquillos rieron
sin saber que los juglares reían
a su lado.
Y el señor y la señora
sólo señalaron con una de sus manos
sin saber que en la espalda
tenían un arco en llamas.
Mas cuando el camión pasó
por ellos y a todos los llevó de vuelta
ninguno dijo Hay un Sol Poniente
Encargado de Los Enamorados.
Nadie dijo Hay Un Sol Oriente
Responsable de Los Secretos
Que Nacen en el Corazón
y Germinan en Los Altos Lagos,
gendarmes del placer,
la gloria,
la esperanza,
el fruto de unicornio,
la gracia humana.









Cada día creo más en lo que creo
y creo menos en lo que no creo.
Hoy creo tanto
en la nieve que has tocado.

Pero cada noche descreo de mí
diluyéndome en tus pompas blancas.










Proluxión

Nunca hay nada que decir.
Pero siempre hay algo que
se para al borde de las rocas
y tamborilea a un palmo de su abismo
y canta en lo último de sí.
Y viene con el ímpetu
de quien derrotó el insomnio
y tuvo un sueño con alebrijes vivos
y despertó cubierto de pantano,
de ceniza y porque su mano le temblaba
no tomó la taza,
no tomó la ropa,
no tomó lo que le era necesario
para vivir esa mañana,
no tomó nada porque temblaba,
no tomó lo que los vecinos le ofrecieron,
lo que la familia, los amigos, los maestros,
los ángeles, los periódicos le dieron.
No lo tomó y los semáforos
rojo-amarillo-verde
rojo-amarillo-verde
y los coches
-calle, estacionamiento, calle, doble fila-
y las letras
-r, s, t-
y los calendarios
-marzo alcohólico, julio vacaciones, diciembre navideño-
nada reprocharon, nada reprochaban.
Y qué enfermiza mañana esa
en que el hombre tembló,
qué obsesión,
qué falla.
Todo era para él
como si las moléculas del polvo
se hubieran rebelado
y ahora el polvo fuera una sirena
manchada del vinagre
de los lobos.
Todo era para él
y él sólo temblaba
y él lo era para todo.






Mamel

Éstas son las mañanitas
pero ¿quién es ese
tipucho que se hace
llamar rey david?
¿y qué del sombrero del basilisco
y de los conejitos que el
lomo del jaguar en marzo trepan?
Entre mi sangre llevaré
tu sangre como la luna
lleva al agua pues si eres
la obsidiana en la boca de la madre
que de flor en flor nos alimenta,
hermano, nada,
juro que nunca nada
será en vano.
Pues si dos hermanos
y si nada más que dos hermanos
y la piel de peces se nos mancha
y el mar indómito nos lleva
y naranjas los ojos en el cielo cultivamos
y crees aún que el destino es el origen,
nada, nada, hermano,
juro que nunca nada
será en vano.






Para nacer hay que

romper un mundo o pintar
una pared blanca con azul infinito.
Oh tú: ¿por qué te confundí con
la opresiva muralla si sólo eras
esta tela delicada?
Sobre tu silencio escribiré
mi piano.
Y mi fe será tu ombligo,
ese túnel a la música.





Pirocéfalo

Otra vez tú,
pero ahora con la espalda negra,
las alas negras y el pecho rojo.
Otra vez tú,
demencia de la creación,
brillante amanecer de cada muerto.
Y sin embargo eres sólo el presentimiento
de que eres, la sospecha
de que estás aquí, ahora.
Y sin embargo aún no estás aquí
y te has ido con desdén volando
y duele.
Al rato empacaremos y volveremos
a la ciudad, jamás lo creerías.
Pero un día te mirarán
y de este modo canto.
Porque un día te mirarán
y ese día será infinito.

Tirando cuerdas



Cuatro caballos tirando cuerdas,
ahí donde la vida empieza a ser real.
Había que decirlo para sepultarlo hondo,
de cualquier manera el sol seguirá alumbrando
como diva tras del armario,
y el lodo,
el lodo sigue y seguirá siendo lodo.

Y muchos como yo lo pisarán,
literalmente lo pisarán,
no en metáforas ni en abstracciones
sentimentales.
Y verdaderamente muchos,
no sólo yo, y una y otra vez.

Cuatro caballos tirando cuerdas,
allí donde la vida,
había que repetirlo para perderlo aún más,
de cualquier manera el sol,
esa diva quitándose
las medias.


la respuesta (hay luz) está
donde nunca (siempre en los comienzos)
has tenido que buscar 
Ya no sé adivinarte o descifrarte,
te he perdido.

¿A dónde he de buscar para
hallarte de este lado, conmigo?

A donde sea que voy escucho tu nombre
como un espejo claro del mío.

Ignorante redimido


Sabrás vivir tú.
Entretenida con el cielo oscuro
y la ciudad mojada, sabrás vivir. 

Hermoso rostro,
hermosa mirada que se clava
en las figuras cotidianas:
la ventana del coche,
el letrero escrito con plumón,
la servilleta,
el brasier,
la almohada. 
Hermosa piel,
 hermoso anhelo el tuyo,
hermoso tu pasado, tu presente; 
hermosa, pues, tú con todo
el resto también tuyo.

Y desconfías de la luz del día:
sus reflejos, todo eso que a aullidos nos dice.
Apenas despiertas te retraes a 
tus sueños. Sabrás vivir. 
Sabrás que los espectros que
inundan las calles tropiezan, orgullosos
y perdidos, tropiezan, opacos.

Y la vida no ha de ser más que
un brillo de la verdad que entonaron
los justos.
Exclamarás,
desde la soledad de tu espíritu,
el rezo en el reclamo,
además el canto
y la vida y la muerte.

Sabrás mirar también.
Perfecta mirada que prescinde de ojos
y diluye los paisajes en ondas
que serenan a los hoscos
animales ciegos.

Sabrás vivir, santa, sabia y como quieras, 
con un pedazo de tierra,
con unas palabras
reacomodadas a menudo, 
sabrás vivir, sin ángeles, sin libros absolutos,
sin caminos trazados, 
en el silencio en que te oyes como un rumor lejos,
distante pero claro.

Sabrás vivir tú.
 Yo mientras,
ignorante redimido,
 iré cayendo
de tu lado.



Aprendiste a hablar
y te quedaste callado.
Aprendiste a bailar
y te quedaste inmóvil.
Aprendiste a callar
y entonces hablaste.
Aprendiste a ser fusilado
y entonces danzaste.
Todas las ramas te buscaron,
de todas las raíces nacías.

Desapareciste y se percibió
tu ausencia en el corazón
de la mujer, en una punzada
en el corazón del hombre como
una duda.
Y volviste caminando en
un camino con horizonte,
lejano y triste tú, con una certeza
como un anillo apretando.

Atrás, al volver las almas,
ataste el origen en ellas,
estuvieron ahí para servirte,
servidor en nuevos países aciagos.






En su mar doliente,
atrapada de su cordura,
no alcanza a explotar así nomás.
La espontánea siempre tiene que hacer algo antes.
Va cargando ideas la iluminada.

Hay que decir de la pobre una defensa:
queda en su piel una ternura,
a veces su mirada exacta tiembla.

Recordémosla para ya olvidarla.
No nació: la desahogaron la
madre y el cuchillo como
un lloriqueo de novia abandonada.
Se estiró tanto que la encerraron
en la escuela. Le enseñaron a
formular palabras y así le mataron
el lenguaje.

Desde entonces sabe qué decir
y al silencio se anticipa.
En conclusión, los signos
le volaron la cabeza.
Mejor se hubiera desangrado,
pero pensó.
Mejor hubiera amado,
pero estaba sentada.

Hubiera muerto lógicamente
la que quería ordenar el caos
por las mañanas;
pero tres madrugadas,
en su insomnio,
la atrapada, fue
tres veces visitada.

La visitó el pobre,
la puta y el mentiroso a muerte.
¡Yo ya no sabía qué hacer con ella!
Pero -coraje- pudo amar y besar
a los primeros
y abominar al último.

Un día tenía que amanecer también para ella.
Calló que quedó hablada en el aire.
¡Milagro! Fue salvada o resignada,
quedó honesta.

Volverán al cielo


Mejor que el gran músico de orquesta
se el loco que repite la misma nota siempre
al final de un camino.
El loco pobre que insiste
en el sonido terco 
de la nota en la que cree.

Las horas
no pasan por él
pues de sí nada espera.

Se moja en la calle.
Sólo la lluvia canta con él. 
Sólo el silencio de las gotas
que no volverán a sonar
ni a caer.

Siete de octubre

Acuérdate de ti,
cuando luces de bengala iluminaron el cielo
en un día que no era tu cumpleaños.

Acuérdate de ti, 
cuando acariciaste la arena 
y rebosaba un mar bajo tus párpados. 

Acuérdate
cuando acariciaste 
los labios de un amor:
creaste unos labios y un amor;
cuando dejaste de endulzar
tu café amargo
y te perdiste en la neblina.