En la oscuridad de la noche, brilla un eco.

Es el eco de la lluvia.
Despréndete de los conceptos.
Los significados juegan. 
Instinto espiritual. 
Corazón manso;
se alegre.
No te detengas en juzgar allá afuera
lo que en ti mismo puedes mejorar.
Haz como el viento
que jamás se aferra.
Corazón puro;
perdona, olvida y deja ir.
Los días no se van
pero tampoco se quedan.
Anda como el agua,
cuya bondad es incorruptible,
y de ella beben todos.
Corazón manso;
se libre como el fuego
en que la rosa que muere se
ha de volver la rosa inmarcesible.
Dedicado, tenaz, compasivo,
se el honrado que sabe
inclinarse ante el alto cielo
y bajarlo entre los hombres
y su corazón se alegra. 
El tesoro lo encuentra el que agradece. 

¿Qué vio ese hombre en mí? No lo sé. Pero de su boca salieron palabras como un torrente; palabras dulces y peligrosas, intensas y delicadas, como las de la poesía que declamaban los chicos en las esquinas de los sueños, vociferando en murmullos alientos que ese hombre no tenía boca para nombrar. Es que así como yo de la luz él se hizo del silencio, pero ese día que me vio y comenzó a irse –aunque entonces no lo supe sino después, sólo fue hasta después que quedó muy claro que fue en ese momento en que comenzó a irse-, ese día no alcanzó a decir las palabras que diría después, cuando le enseñaron a mentir, ese día dijo la verdad, y su boca se llenó de flores, y su corazón se aceleró que pude sentirlo, y quererlo, y comprenderlo, y amarlo no sólo como el hombre del que me había enamorado, sino amarlo como a un hermano, como a un hijo de esta luz pero que se ha perdido por ir más lejos que nosotros, por alcanzar algo que había estado buscando desde antes que nos conociéramos, algo que había estado esperando por meses, años, décadas y quién sabe si siglos, o por no sé qué razón. Pero ya no se trataba de mí sino de un llamado interior en él pero también en mí –en este mundo. ¿Sabes cuál es la paradoja? Que fue entonces cuando más le admiré. Pero al mismo tiempo sabía que ya no era mío, ni yo de él; que se había roto un lazo, que lo que se lleva adentro es inevitable como el destino; yo entonces no lo sabía, yo entonces lloré; pero después supe, que había, que hay, historias así… hombres así… en algún lugar del tiempo, oscuros, necesarios, sedientos, de quienes depende el mundo o algo que se va tejiendo con hilos de bondad… los despojados de la tierra, los arrancados de todo, pero sobre todo él, que me encontró para después perderse y del que yo te quiero hablar…

Fragmento de un cuento
La revolución es un amor silencioso.
Y la luz y oscuridad de invierno -y el jazz-;
y también los sueños de cianotipia.

Sátira



Todos temen que les vaya a caer una bomba encima o un semáforo o un pájaro muy grande. Yo temo todo esto pero lo que no puedo temer y el resto sí es el silencio en las conversaciones. Allí donde se rompe la jerga, allí donde se apaga la luz humana y todos se miran como esperando un reinicio, una reactivación del habla, allí estoy yo, muy presente. No siempre he sido así, un día cualquiera comenzó a suceder. No es que perdiera el interés, o tal vez sí. Tampoco es que me importara muchísimo, pero lo noté. Con facilidad las reuniones a las que asistía se hundían en la más cruel desesperación; todos nos mirábamos y nadie decía nada y lo de siempre: uno hacía un comentario rebuscado, otro se marchaba, otro se reía y decía: ah, qué silencio. Yo me quedaba quieto y sentía una extraña felicidad que terminó viciándome. Por fortuna no me aisló: he averiguado que más de uno al que le sucede este fenómeno termina con una vida ascética o en el manicomio o el suicidio. Yo, en cambio, me ejercité: me paraba como un soldado en medio del círculo social, pequeño o numeroso, de índole varia, y miraba los ojos de mis semejantes. Por lo común procedían a evadirme. Días pasaron y aunque a veces más de uno se sentía inspirado y ameno, aparecía la situación incómoda de mutis y salía victorioso. Fui anotando las reacciones, los movimientos nerviosos de manos, las risas catastróficas, las palabras que se alzaban, cínicas, en su belleza estúpida. Me pregunté: ¿por qué nos aterra tanto no tener nada de qué hablar?, lo que ineludiblemente me llevó a: ¿por qué nos aterra tanto no ser interesantes? Pero la mía nunca fue una investigación intelectual. Así reconocido, una tarde modifiqué mi táctica. Me invitaron unos amigos a la presentación de una revista. Había gran bullicio y el itinerario marchó con propiedad y alegría y en el desenlace brindamos y nos juntamos en círculos o bolitas (como se quiera) a platicar. Quedaron conmigo una novelista de renombre, un editor y tres personas del público con amplios intereses culturales. Cuando nos quedamos sin habla, lancé un escupitajo al piso y me quedé mirando, temerario, con la serenidad propia de un samurái. Uno intentó sonreír pero inmediatamente lo abordé con la mirada y le indiqué que la mía no era una broma. Por primera vez el diálogo no intentó su reintegridad y los parlantes se dispersaron como si hubieran tenido en frente a una serpiente. Unas veces escupía de esta manera, otras pegaba un grito gigantesco, otras ladraba o me ponía en posición de estatua y no volvía a abrir la boca hasta que todos se largaban. En fin. 

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El apunte



El alumno estaba muy concentrado escribiendo el apunte cuando empezaron a aparecer gotas en la hoja. Tuvo que cerrar la libreta. Las gotas se abultaban rápidamente humedeciendo el papel al grado que la pluma le hendía y agrietaba. El maestro le preguntó qué ocurría: ¿es que ya no vas a seguir tomando el dictado, el cual aún no termina?
El alumno no supo qué responder o cómo explicar: si vuelvo a abrir mi libreta verá usted correr por su clase un mar de lágrimas, y optó por callar. Tomó su libreta, su pluma y mochila y salió deprisa.
Y no tenía duda de que eran lágrimas y no otra mancha porque, aunque no las derramaba, la tristeza de haber perpetrado el crimen embargaba hasta la última región de su alma.
Apenas salió, los detectives le interceptaron. 

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Una noche de invierno



Cada vez que salía con Gustavo recordaba por qué había pasado tanto tiempo de no vernos. Habíamos sido amigos desde la infancia; lo recordaba como un niño auténtico, seguro de sí mismo, optimista, generoso. Pero el paso de los años, el fin de un amor, la traición, los traumas o el trabajo arduo lo habían vuelto un hombre arisco, extraño, irracional.
Ese día habíamos ido al cine y Gustavo había hablado toda la película con observaciones que no tenían nada que ver con la trama del filme sino con su mente atribulada; cuando acabó concluyó que había sido muy buena –siempre me decía eso porque sabía que yo lo invitaba a ver cine de calidad- aunque los dos sabíamos que no había prestado ninguna atención. En el estacionamiento, camino al auto, Gustavo se sintió lleno de euforia –“por primera vez en muchos meses me siento mejor”, dijo- y atacó a un coche con un tubo que sacó de no sé dónde. En el coche habían dos hombres (esto no sé si lo sabía Gustavo de antemano). No creo que supiera lo que hacía. Gustavo se echó a correr y los hombres fueron tras él, injuriándolo y con ganas de golpearlo. Eran más corpulentos que Gustavo, aunque por eso mismo no podrían alcanzarlo. Por suerte no me vieron con él, y yo fui discretamente a buscar mi coche. Pero sabía que Gustavo, aunque rápido, podía ser lo bastante idiota para no esconderse bien. Y fui en su búsqueda.
Después de media hora lo encontré caminando. Estaba sudando y parecía asustado. Tal vez ya se había dado cuenta de lo que sucedía, de la locura que había cometido al atacar ese coche, pero cuando me vio sonrió y en su sonrisa supe que para él todo era un juego tonto, inmaduro. Gustavo, que parecía cargar en su rostro una sombra, y en su cuerpo el inmenso peso de la confusión o el dolor, ya no tenía la facultad de mirar o vivir tranquilamente. Todo en él eran impulsos incontrolables, destinos que recorría sin haberlos elegido, inercias de una vida remota que alguna vez creyó vivir pero ahora no podía ni sabía, tampoco se exigía en vivir más. Con paciencia oscura, se había olvidado de sí mismo; había aprendido a pensar en todo menos en la vida porque pensar en la vida era pensar en las manos que la dejaron ir.
Gustavo se subió al coche y al verlo pensé que en realidad era un monstruo. Entonces un hombre con una cara aún más monstruosa intentó romper la ventana y abrir mi puerta. Peor que la oscuridad de Gustavo era la oscuridad de los que nos perseguían. Pero más grande era la oscuridad de esa noche, que recuerdo aún con temor. Como si una sombra se hubiera alimentado de otra y progresivamente se hubiera llenado la atmósfera de ira, venganza, miedo y demencia. Intentaba acelerar pero hasta la tercera el coche no tomó verdadera velocidad. Durante varios metros nos alejamos de los dos hombres pero bastaba que corrieran con un nuevo impulso para que nos alcanzaran y golpearan el coche. A punto estuvieron de romper un vidrio con una piedra. Gustavo me miraba como un niño. No sabía lo que pensaba ni me importaba pero sentía alegría que al fin cerrara el pico. ¿En qué nos había metido?, ¿y por qué seguía yo invitándolo al cine? Sin duda porque sabía que Gustavo se había quedado solo; que nadie lo llamaba; que muchos, desde luego, pensaban mal de él. Sentía cierta empatía o lástima, pero había más.
Por fin dejamos atrás a los perseguidores. Antes de llevarlo a su casa, lo invité a cenar. Necesitaba calmar los nervios; no sólo los míos, también los de Gustavo. “Hey, discúlpame, cuando menos me di cuenta ya estaba corriendo de esos locos”, me dijo. En verdad creía que los locos eran ellos. Le dije que no tenía que disculparse pero si hacía esas cosas podía acarrear problemas. Le recordé la vez que había ido a sacarlo de la cárcel porque había estallado de rabia contra una mesera, rompiendo los platos y los vasos en un restaurante contra el suelo. “Sí, no sé lo que me pasa. ¿Viste la final de béisbol?”. “No, no veo béisbol, no le entiendo”. “Yo tampoco, pero es bonito”. Con Gustavo, conversar era ir saltando de un tema a otro sin ningún cuidado.
“¿Te acuerdas cuando éramos niños?”, le pregunté. “No, he olvidado mi infancia”. “Inténtalo, Gustavo, sólo intenta recordar”. “No puedo. Cuando estuve en terapia, el psicólogo me preguntaba mil cosas de mi infancia. Insistió tanto que tuve que inventarme una. Al parecer esos doctores no pueden ayudarte más que a través de cosas de tu infancia o de tus padres. Pero yo lo he olvidado todo”. “Acuérdate de mí, de cuando jugábamos futbol o vendíamos dulces a mis vecinos. Eras el niño más bueno, más bondadoso. Mientras que los demás niños eran egoístas, tú siempre pensabas en los demás antes que en ti. Siempre compartías tus juguetes o preguntabas a los demás si no querían de tu comida antes de llevártela a la boca. Era algo muy tuyo”. Se me quedó mirando. Por un instante pensé que recordaba algo pero después concluyó: “Eso debí haber inventado. Eso hubiera estado bien decirle a ese psicólogo de mierda”.
Lo vi cansado. En el postre, los ojos se le cerraban. Pedí la cuenta y lo llevé a su casa. Fue la penúltima vez que lo vi. Dos años después murió de un infarto fulminante, pero me llamó semanas antes, como si conociera del fin de sus días y hubiera querido despedirse a su manera. “Perdón que no hayamos ido más al cine. En verdad eran muy buenas las películas”. Lo había invitado algunas veces más, preocupado en el fondo, y en efecto se había negado. “Yo me siento un poco triste de no haber entendido este mundo”, continuó, “pero iré a otro y espero ahí sí entender”. “¿Qué otro mundo, Gustavo? Éste es el único”, le dije. “No, hay otros seis. Son siete los mundos por los que transitamos, eso lo leí no recuerdo dónde”. Cuando murió sentí tanta nostalgia como alivio. En el fondo, Gustavo me importaba mucho. Y, aunque fuera tan extraño, le quería. No podía olvidar sus ojos a los seis, doce o quince años. Esos ojos borrados por el tiempo. Esa inocencia, esa humanidad perdida. Tres noches después de que murió volví a verlos, en un sueño.
Gustavo y yo estábamos en un cine, mirando una película muda en blanco y negro, como si estuviéramos en los veinte. Pero ni a él –como siempre-, ni a mí –que me impactaba su presencia- nos importaba la película. Gustavo me miraba como si supiera que estaba muerto y yo vivo. Y tenía esos ojos. Se veía, otra vez, en calma. Entonces se despidió de mí. Me dijo cosas que en cuanto desperté escribí. Me dijo, por ejemplo, que había entendido lo que yo había querido decirle aquella noche en el restaurante después del incidente. Me dijo: “Estaba ciego, dios mío. Pero ¿sabes qué fue lo que me dejó ciego? Me cegó darle tanta importancia a cosas que no la tenían. Esa mujer que me engañó, en verdad, ¿qué importaba? Aquel trabajo de esclavo que tenía, ¿por qué nunca lo dejé? Igual me hubiera muerto, pero hubiera visto algún amanecer o atardecer con mejores ánimos. ¿Las personas que me traicionaron? También morirán. ¿Mis traumas, mis pesares? También murieron. No sé en qué pensaba pero por fortuna ya no tengo que pensarlo más. También por fortuna en vida conocí a alguien como tú. Eres un buen tipo y eso en verdad es todo lo que importa mientras vivas. Y pude recordar tus palabras en cuanto caminé estos caminos. ¿Lo demás? Pues a veces saldrá o no saldrá, pero no tienes por qué preocuparte. Ahora tú escúchame a mí. Lo único que hago es devolverte el favor que me hiciste mientras viví, si se llama vivir al desmadre que hice. Porque cuando llegué acá lo primero que hice fue pensar en tus palabras, en lo que habías dicho que yo era cuando éramos niños. Si yo estoy bien ahora entonces no tienes nada de qué preocuparte tú. La vida es tan hermosa que nunca se acaba. Y no son cinco mundos, como pensé. Es sólo uno, como dijiste tú, pero se extiende y se extiende”.
La película había terminado y nos pedían que abandonáramos la sala. 

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Obituario


La época en que conocí a Irene me dedicaba a escribir notas informativas para un periódico de alcance nacional. Eran tareas que se resolvían con velocidad (escribir, para mí, es como para los demás hacerse el desayuno o respirar).
Lo más laborioso era estar atento al flujo de la noticia en los demás medios. Ese día había escrito el obituario del actor Philip Seymour Hoffman, pero percibí que la noticia corría con frialdad, sin mayores reacciones del público o de los propios redactores y jefes de información. Como todo, fue veloz.
Sonó mi celular. Era Irene. Me confirmaba que podía ir a la playa al día siguiente. Eran las últimas palabras que redactaría. El fin de semana estaría en la playa con Irene, desconectado del mundo. Mi turno había concluido.
Por la tarde vi a unos amigos. Conversamos del viaje de una amiga a Finlandia y de un concierto de rock al que todos querían ir, pero yo quería hablarles de la muerte de ese hombre y ese actor que había admirado tanto y que siempre había creído auténtico o veraz: Hoffman. Como en los medios, nadie quiso hablar de ello.
El viernes viajé con Irene. El camino fue caluroso y lleno de convoyes militares y retenes (en Michoacán se vive una guerra entre gobierno, narcotráfico y policías comunitarios). Llegamos de noche, dejamos las maletas en el hotel y salimos a cenar.
Todo fue bien hasta el final de la cena. En algo no estuvimos de acuerdo. Irene se puso celosa de no recuerdo quién y tardamos como hora y media en reconciliarnos. Así son las cosas con Irene a veces, aunque también son simples y hermosas. Al día siguiente la llevé a la playa, caminando entre los árboles de la selva de aquella región. Y en el atardecer nadamos en la alberca.
Salvo en dos o tres momentos, me sentí bien con Irene. La vuelta fue fantástica. Cada momento lo fue. ¿Por qué decir que no?, ¿a qué hacerse el mártir o el desamparado? La felicidad me era asequible, salvo en los momentos en que, entre otras cosas, volvía a pensar en la muerte de Seymour y en ese silencio cómplice que la rodeaba.
Su muerte no era feliz ni agradable. Y nadie preguntaba o decía nada sobre ese actor hallado en la tina de su casa con una jeringuilla clavada en el brazo, muerto. Me producía tanta extrañeza ese silencio. Como si no se quisiera hablar de algo que unos llevamos dentro y los demás somos testigos. ¿Por qué ese hombre había pasado días y días, semanas y meses, quitándose la vida, sin que nadie dijera nada?
No lo mató la jeringuilla ni la heroína ni el paro cardiaco: lo mató ese silencio. Lo mató el secreto. 
“Pero, ¿por qué?”, me preguntó Irene a mitad de una madrugada llena del sonido del viento. “¿Por qué qué?”, respondí. “¿Por qué te afecta tanto?”. “Era un actor sensible, vulnerable”, le dije, pero no, no era eso, no podía ser eso. No sabía realmente. Y la oscuridad nos rodeaba en las noches y en los días veíamos brillar el sol con una intensidad esplendorosa. 
Un hombre había muerto y los demás debíamos vivir, seguir viviendo, sin saber nada de Philip Seymour a quien creíamos conocer tanto por verlo en dos o tres películas, sin saber nada de nadie y con la única luz de, al menos, conocernos a nosotros mismos, pero al cabo también esa una luz frágil, efímera, temblorosa.
Y la oscuridad nos perforaba los labios y los ojos y las manos, y veíamos brillar el sol todos los días sin saber por qué vivíamos, por qué moríamos, ¿de dónde nuestro paso por el mundo?, ¿de dónde Irene?, ¿de dónde ese sol y ese mar? Preguntas que se haría Philip Seymour Hoffman en una época más plena de su vida (el recuerdo de esa plenitud habría acabado por desquiciar su corazón tristísimo).
El sol era lo primero que veíamos Irene y yo y todas las mujeres y hombres del mundo y Hoffman había muerto, ¿de dónde la vida y la muerte de Hoffman? En un mal viaje de heroína en la tina de su penthouse en Nueva York sin que los vecinos se inmutaran, ¿tenía pareja?, ¿hijos?, ¿vivían sus padres? No investigué. Por ética, la vida privada no debía revelarse en los periódicos; y a mí no tenía por qué importarme.
Nadie interrumpió su vida cotidiana mientras un hombre pasaba de las alucinaciones de la droga a las profundidades de la muerte.
Sólo fue un golpe en la puerta, el sonido del timbre, la voz del que fue a visitarlo; pero, sobre todo, el silencio como respuesta, lo que condujo a algo que sería una noticia sin impacto en la decimosexta página de un periódico sin trascendencia; noticia redactada por un hombre distante a Hoffman que debía romper ese silencio, ese secreto y ese pacto vergonzoso en unas cuantas líneas verídicas.
Irene se había ido a caminar por la playa y yo me había quedado pensando en todo esto durante no sé cuánto tiempo. 

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Busco a mi padre



Busco a mi padre. Me dijeron que era ciego y yo pensé: ¿para qué voy a buscarlo si no podrá verme? Pero de igual forma hice el viaje. Tomé el autobús que lleva a la capital y en la estación del norte pasé dos noches cuidando la maleta de los rateros, tomando cafés y chocolates y pan, esperando a que un primo viniera a prestarme dinero. Llegó. Yo busco a mi padre. Traigo su retrato impreso entre las hojas de una revista. Desde chico le dije a mi madre: “Yo sé que Antonio no es mi padre aunque eso diga”. Y ella se echó a llorar y me contó la historia, la mía. Yo no lloré. Yo busco a mi padre. Yo me puse a averiguar y quise ir a verlo cuando me sentí preparado. “Está en el desierto de Querétaro”, así me dijeron. Ni sabía que había un desierto en Querétaro, ¿y para qué mentir?
En el trayecto creí que me quedaba ciego, que la ceguera era contagiosa o la heredábamos al buscar a quienes nos dieron la vida. Desde mi asiento, el dieciséis, sentí que me perdía. Salimos de madrugada, temprano. Cuando amaneció escuché que la gente bostezaba de alivio, de la pureza que siente uno cuando despierta. Como si los viajeros se dijeran: “Estoy en un camión. Está amaneciendo. Voy hacia un lugar donde me esperan”. Pero yo no vi que amaneciera. Yo vi murciélagos revolotear por el pasillo como si el camión fuera su cueva. Eso lo vi por quince minutos. Luego vino una sombra a sentarse conmigo porque estaba vacío el asiento de junto. Llegó a sentarse y a murmurar o sollozar. Me acerqué para entenderla, mientras oía a lo lejos el barullo que hacen las gentes cuando ven que amanece, como si fueran gallos. Hasta le dije: “¿qué te pasa, sombra?”. Y vi que se sonrojaba. Luego miré por la ventana. Yo busco a mi padre. Cuando volví a mirar ya se había ido.
No me cansan los viajes largos. A otros sí. Por eso lo digo. En Querétaro trasbordé para internarme en su desierto. No me asombró. El desierto del norte me asombra, pero acá no. Acá la tierra como que no la sientes cerca. Había llovido y la tierra estaba lejos. Yo busco al ciego, dije. Es por allá, dijeron. Yo busco al ciego, volví a decir. Es por allá, dijeron. No pensaba en mi ciudad, como si no me importara arrancarme de tan lejos para venir a buscarlo. O como si al principio me hubiera dolido y ahora ya no doliera. Más bien lo último. Yo quería verlo, aunque él no me viera.
Lo hallé sentado en una mesa, en el patio de una casa muy pobre, fabricando figurillas de mármol. Allá hay mucha piedra. Y les encanta andar picándola para presumirla y venderla. Hay obsidiana, por ejemplo, con la que mi padre mató a los venados hace décadas. Eso me dijo antes de saludarme. Eso fue lo primero que dijo. La conversación, en realidad, fue miserable. Ni siquiera alcancé a decirle por qué había venido. Me ofreció una figurilla de mármol con forma de mamut por cincuenta pesos. Tampoco le dije que yo era su hijo, que me estaba yendo muy bien en la vida, porque a otros les va peor. Esa es la verdad: yo obtuve para un techo y me licencié en derecho. Posiblemente se haga alrededor mío una familia. Pero esas son cosas que pienso ahora. Entonces ni siquiera llegó a asomarme en la cabeza mi ciudad, que estaba lejos.
Yo encontré a mi padre con sus manos en la piedra y los ojos llenos de lagañas y me hallé desprotegido, sin saber qué decirle. Me hubiera gustado arañarlo o rascarle la espalda hasta que me dijera: “basta”, pero mejor saqué una botella de mescal de la mochila y dijo: “al mescal no me niego”. “¿Y usted de dónde viene?”, me preguntó al fin. Y no temblé. Lo inventé, desde mi nombre. Se hizo la plática. Vi su risa. Bueno, la escuché, pero vi los dientes que había detrás de la carcajada y su garganta honda. En eso me concentré. Con eso bastó. Con eso me fui. Le compré el mamut. Le dejé un billete de quinientos pesos. 

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El beso del fauno



Entré a mi casa (8.50 p.m.), colgué las llaves (misma hora), abrí el refrigerador (un instante después), saqué el cereal y la leche (otro instante después) pero cuando iba a servirla escuché unas carcajadas provenientes de mi habitación. Estaba solo y lo único que se me ocurrió fue tomar un cuchillo y acercarme a la puerta. “¿Quién anda ahí?”, grité, pero a medida que yo hablaba el enfadoso sujeto reía más y más. Abrí la puerta con las manos sudorosas y ya la cabeza empezaba a dolerme. Suerte que no era dolor de migrañas; sólo una punzada en la sien.
Entonces lo vi: un fauno metido en mi cama con la sábana hasta el cuello, partido en lágrimas de risa. Nunca una risa así se había escuchado en los sitios que conozco. Arrojé el cuchillo al suelo y me eché a reír con ese extraño de cuernos grises y mirada insoportablemente ridícula. Una mañana absurda y vámonos de vuelta a dormir. Para los grandes periódicos, para las comedias de terror.
Reímos un rato hasta que el fauno calló y me pidió un café. Le invité el café, el desayuno, el jugo de toronja que lo hizo estornudar diez veces y acabó por escupir en la alfombra. Lo senté a ver una película que ganó muchos óscares. Le di a escuchar mi colección de discos. Creí que le gustarían Mozart o los Beatles; lo que más le gustó escuchar fue Cri-Cri. Sorprendente y caprichoso fauno, y yo qué iba a saber.
Hubo un momento en que el fauno estaba distraído mirando una pelusa. De qué tierra provenía yo no lo sé, pero aproveché su distracción que ya sumaba algunos minutos para hablar a mi novia y a unos amigos. Que corrieran a mi casa a ver al invitado más maravilloso que un mortal había recibido en todos los siglos.
Para cuando llegaron el fauno me había castigado con el beso de la muerte y sólo encontraron que el loco de la llamada yacía muerto en el piso. Sin marcas, sin sobredosis, y del fauno no había un solo rastro o una sola sombra. Muerte por demencia, tal vez, pero esto lo informará la morgue. Traigan a los detectives, acaso hubo una mágica conspiración. 

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El amo





Había una vez un hombre que no podía mover los objetos. Si quería mover las hojas de un árbol no se movían más de lo que las movía el aire. Y no se diga si trataba de mover un libro de lugar o levantar un teléfono para decir "¿bueno?" o lavar los trastes... ¡como si tratara de levantar montañas, vamos!
Había un encargado, entonces, de llevarle el garrafón, y otro más para servirle el agua, y este mismo para dárselo a beber. Y las monedas permanecían en los bolsillos de su pantalón. Y también era auxiliado a la hora de vestirse.
Fuera de esto, todo ocurría con normalidad.
Su felicidad era la nieve de invierno. Ella tampoco podía mover ninguna cosa y se comprendían mutuamente.
Su placer: las mujeres, a las que podía enamorar y penetrar como ese fantasma que a veces desean.
Un día, emocionado porque se estrenaba una película de Bertolucci, su director de cine favorito, salió corriendo pero, para su desconsuelo, no encontró al portero, ¡debía ser su hora de descanso!, y la puerta y todas las ventanas estaban cerradas.
Se inquietó. Esperó unos segundos y cerró los ojos, desesperado.
Los cerró con tanto ahínco que sucedió un terremoto de 7.8 grados Richter. Él era el amo.
Él había inventado todas las cosas que ya no podía sujetarlas. 


De La orilla de los mares  ©

Sesiones



I

A estos chicos no les interesa pensar. Hoy, para despejarnos, pusieron cantos hindúes. Siempre ponen cosas así (fardos, delta-blues, mantras tibetanos, sones jarochos) que cuando escuchas lo que ellos componen, piensas ¿qué tiene que ver? Pero yo creo entender por qué es. Digamos: una música más cercana te hace recordar, fijas asociaciones, te dejas influir con más facilidad. Pero esos cantos graves que se cuelan por las bocinas como desde otro horizonte, pues simplemente llegan y no hay nada que decir. Y los chicos nada quieren decir por la sencilla razón que no tienen nada que decir.
Todo esto lo sé, me voy dando cuenta, porque me invitaron a componer un álbum con ellos. Llevamos dos meses probando; no es fácil ponerse de acuerdo pero hay un momento donde E se queda mirando a R y a P y algo muy dentro de T le brilla en los ojos y se ponen a jugar, a hacer el tonto, se ponen de simples al punto que en más de una ocasión termino yo por botarme de risa con ellos, yo que peco de disciplina y rigidez, y así nos hemos reído hasta que les digo “retomen” y es entonces que algo precioso y singular comienza a fluir de nuestras notas. Ellos se dan cuenta de inmediato y se ponen contentos y serios y no dejamos de ensayar toda la noche. De madrugada llueve a cántaros y los rayos mandan callarnos. No ha ocurrido siempre pero pasó hoy y casi toda esta semana y ya me supongo que por ahí hemos despejado una ruta. Al final guardamos los instrumentos, nos sentamos en el piso de maderas, E reparte cojines y detrás del sonido ensordecedor de la tormenta les cuento alguna anécdota. Ellos ya están cansados y poco a poco se van apagando, acurrucados en la oscuridad como niños, llevados al sueño por mi voz que pasa larga entre ellos y es cortada por las gotas en el techo de lámina. Casi siempre es P el último en quedarse dormido, me responde afirmando con un “sí” a todo lo que digo y ríe hasta que, al final, el cansancio lo rinde.
Entonces me quedo a solas con sus cuerpos y pienso en todo lo que ha pasado durante ese día: los rostros y los pequeños accidentes de la ciudad, el libro que leo, mi programa de radio. Pienso en mujeres: tomo cualquier recuerdo fresco y lo manipulo, elijo a C y me besa con su boca encharcada de vino, elijo a P y la desnudo, luego pienso en N, la chica que he conocido a través de la novia de E, unos años menor que yo, no muchos, y el deseo revolotea hasta esfumarse, y me contento al mirarla como si estuviéramos en una sesión fotográfica, pero es raro, porque ella y su rostro arábigo y sus ojos que brillan no como una luz sino como una sombra inquieta, no posan para nadie y yo soy como un espía en mi propio deseo.
Y finalmente vuelvo con los cuerpos de los chicos y me pregunto qué es todo lo
que estarán soñando. Y luego salgo a caminar y el sol se anuncia con un tono azulado, con los pájaros que cantan, con los coches que van llenando de velocidad las desérticas calles nocturnas. Y me gusta muchísimo caminar a esa hora, aunque tenga el brazo un poco lastimado –me lastimé reacomodando un armario- y con el frío me duela. Los chicos están muy orgullosos de mí porque he seguido tocando aún con la herida; creo que hoy haremos una gran música. 

II 

Volví a las nueve de la mañana al departamento y les dejé en la cocina frijoles, pan, queso y dos litros de jugo de naranja. Cobijé a R. Me fui yo a pagar la renta de mi departamento y a conducir mi programa de radio. Después, ya en el atardecer, volví con los chicos; ya estaban preparando todo.
T vocalizaba, decía monosílabos en el micrófono y los demás estaban muy callados. Rooo, Baaa, Leee. En la sala, M, la novia de E, veía la tele, leía una revista y acariciaba al gato al mismo tiempo. Nunca había visto a los chicos tan callados, me extrañó que no dijeran pío. Ni hizo falta que dijera yo “retomen”. Sólo sucedió. O comenzó a suceder. Fue ese día, como si el resto de los días se hubiera precipitado en ese día. Cada uno en lo suyo, pero juntándonos como hilos. Si hubiera salido una porquería hubiera dado lo mismo porque se sentía bien estar ahí y lo demás no importaba nada. M entró al cuarto, nos miró a todos a los ojos y se sentó en el piso. Con ella entró el gato pero después de unos segundos el felino dio medio vuelta y salió. Nosotros tocábamos como queriendo hojear una revista; creábamos la música como caminando, como yendo a la esquina, como asomándonos a algún lado, y no sé si la novia de E se percató de ello pero jaló del cordón y abrió la cortina y vimos por la ventana la barda de enfrente y un pedazo de gris cielo. Sobre la barda caminó el gato y nos volteó a mirar extrañado y todos nosotros lo vimos igualmente extrañados y la novia de E cerró los ojos pero nadie creyó que se hubiera dormido pues movía la nariz de un modo que los dormidos no hacen. Y entonces, cuando empezaba a considerar seriamente si no era que todos los chicos estaban sonámbulos, vi en los ojos de R, en los ojos y en su semblante caído, una expresión que me hizo cambiar a un acorde abrupto y despiadado que los demás tardaron en comprender (de hecho P me volteó a mirar como preguntándome “¿qué pasa?”, “¿qué ha ocurrido?”) pero al fin se amalgamaron, empezando por R que seguía cabizbajo, concentrado o distraído pero doliente, no aguanté mirarlo y me volteé. Un segundo después, para consumar la decisión errática, me paré y fui al baño. Los demás se detuvieron y al salir por la puerta les dije “muy bien, chicos, voy al baño”. Y llegué al escusado y no tenía ganas de orinar ni nada. Pero le jalé y volví. M estaba parada frente a la ventana, mirando cómo se aglutinaban las nubes. “Vamos a dar una vuelta”, dijo T y nadie repuso que llovería, que lleváramos sudaderas o paraguas, nadie objetó que nos mojaríamos sobremanera.
Caminamos. E y R iban platicando, pude oír que a E le había gustado mucho una película en blanco y negro de zombis, R escuchaba con la boca abierta, imaginando escena por escena, diálogos incluidos (no hace falta decir que yo detesto esas películas). P nos decía a M, la novia de E, y a mí que en un mes presentaríamos ocho canciones en un teatro. M parecía interesarle un rábano y a mí, en definitiva, nada en absoluto. Me sentía preocupado por la lluvia, ya se olía, ya había viento. Al frente iba T chiflando, con las manos en los bolsillos, sorteando los coches que se detenían para dejarlo pasar o para no atropellarlo. Pensé que T moriría chiflando.
Entramos a una cafetería porque a M le dieron muchísimas ganas de beber un moka frapé. Los chicos pidieron malteadas, nos sentamos y nadie habló de la sesión, a nadie se le hubiera ocurrido. M nos contó (a mí y a T; los demás ya sabían la historia pero la volvieron a escuchar como si no la hubieran escuchado nunca) que a los doce años la había mordido un lobo; la anécdota era más bien increíble pero ahí tenía la cicatriz en la mejilla para dar prueba. Dijo que su padre era fotógrafo del National Geographic y la llevó al desierto y las cosas salieron pésimo. De pronto se echó a llorar como una niña, los chicos le dijeron que todo estaba bien, que seguramente el lobo aquel se arrepentía, que si quería podía pedir otro frapé. Le secaron las lágrimas con una servilleta y yo me quedé viendo su cicatriz y volví a pensar y a sentir lo que sentí con R. Así es que me paré, miré a los chicos y les dije: “retomen”. Y todos me vieron sonrientes y ridículos. Regresamos por las mismas quince cuadras que habíamos caminado y se desató la tormenta a la segunda. Nos empapamos por completo a pesar de que corrimos. Aquí sucedió algo extraño, demasiado extraño. Yo escuchaba todo, es decir, los motores de los coches, sus llantas, el ruido de la lluvia, los charcos pisados, los sonidos lejanos, el cableado eléctrico, yo escuchaba cada cosa pero no alcanzaba a oír mis pasos. Y por fuerte que pisara escuchaba los pasos de los otros pero no los míos. 
Llegando al departamento, para no coger un resfriado, nos bañamos, cada quien su turno. Yo concedí ser el último y al abrir la puerta del baño me tropecé con M secándose el cabello, desnuda. Nos miramos asustados y le pedí perdón y cerré enseguida. Pero volví a abrir la puerta. Tenía una larga cicatriz en el costado del abdomen. Entré y cerré.
- ¿Qué haces? –me dijo.
- Necesito preguntarte algo –susurré
- ¿Qué pasa? E se va a enojar contigo. ¿Por qué no esperas a que salga?
- Necesito entender qué pasa con R. Algo le ocurrió mientras tocábamos. Algo tiene, eres su amiga, ¿no es cierto?
- ¿Qué le pasó?
- No sé qué le pasó. Sufría. Estoy seguro que sufría y necesito saberlo. Necesito saber por qué sufría.
M me miró con pena, pero no podía ser pena. Dejó lo que tenía en las manos, dio dos pasos hacia mí y me abrazó y me dijo está bien, tranquilo, nada pasó, no sé si en ese orden pero todo eso dijo y después calló pero no dejó de abrazarme. Recuerdo vagamente haber derramado un llanto muy hondo y haber sentido náuseas y recuerdo haber puesto mis manos sobre su espalda fría y haberla apretado lentamente hasta sentir todo su cuerpo, todo su vientre y sus piernas, toda su piel y su pelo. Por un momento -pero eso no lo recuerdo muy bien y tal vez me engaño- tuve la certeza de que jamás la dejaría ir, que no podría, y al abrir los ojos me hallé solo, sentado en los azulejos de la regadera, con comezón en todo el cuerpo, hirviente el agua. Y comprendí que en adelante pertenecería a ese dolor y a esa música y a esa cicatriz. Y me sentí vivo, hundido en un tiempo que parecía ser de alguien más pero que sólo era mío. 

III 

- Hoy les voy a contar una anécdota que a pocos cuento.
Los chicos están cansados, acostados en la alfombra pero con los ojos muy abiertos. Las sesiones de los últimos días, previas a nuestra presentación en el teatro, son agotadoras.
- ¿Algo que realmente ocurrió? –pregunta R.
- Así es, una historia lo que se dice verídica. La recordé hoy en el trolebús. Mi abuelo me la contó cuando yo era un niño. Se trata de un hombre que encarcelaron sin justicia, sin demostrarle culpa. Su prisión estaba en una isla; su celda consistía en un escusado, una sábana desecha y una pequeña ventana con barrotes. Imaginen, chicos, no tener estas almohadas, y dormir todas las noches sobre la fría piedra, porque la sábanas desechas no quitan el frío de las piedras ni quitan las piedras y menos las cárceles, ¿verdad?
Durante la sesión T y R se lanzaron al cielo con unos minutos de música que pocas veces he escuchado.
- Imaginen no tener todos estos instrumentos, ni siquiera un maldito cd que escuchar. Imaginen no ver a sus novias, no ver a sus familias o a sus amigos. Imaginen no ver la calle. Y pasar los días, ¿haciendo qué?, ¿pensando?, ¿chiflando como T? Pues por supuesto era insoportable y muchos permanecían así décadas hasta que morían y sus cuerpos eran arrojados por el acantilado.
Estábamos ya, de por sí, todos muy entrados. Pero de pronto las notas del piano y de la voz comenzaron a dirigirse a un lugar interminable. E y yo nos miramos y le insinué con los ojos que les diéramos una base, un colchón de cuerdas que pudiera soportar la inminente caída del vuelo de esos chicos. P, con las percusiones, hizo lo mismo.
- Este hombre del que les hablo era valiente pero más astuto que valiente. Es más: no importaba si era valiente, lo importante es que era listo. Y lo que hizo fue lo siguiente: cada vez que le daban su alimento, ponía la comida en el suelo y usaba el plato para escarbar. Así es, el hombre escarbó durante meses, diez minutos cada día, no más, no menos, tenía que devolver el plato al guardia. Y el agujero lo tapaba con su miserable sábana por si a alguien se le ocurría asomarse. Así fue construyendo un túnel muy largo. El hombre era listo, ¿se los he dicho ya? Pues diseñó el túnel para salir por donde nadie lo viera.
No cayeron y cada tiempo repetían la misma idea, como un ciclo, pero con aristas más peligrosas. En un momento habían cerrado los ojos y R los abría sólo para no equivocarse en ciertas notas. Un error habría valido no sólo el error sino el regreso a la tierra y a la culpa. 
- Esto pasó, señores, hace muchos años, pero la gente aún recuerda a este hombre listo, y si era valiente o cobarde a mí no me importa. ¿Que qué hizo para escapar si no tenía nada, ni un pedazo de nada, ni la maldita sábana que había dejado atrás?, ¿que qué hizo el hombre para salirse con la suya entre el mar y la cárcel?
Estábamos lejos pero de ningún modo ausentes. T y R se perdían en el desierto y el resto íbamos tras ellos, gritándoles que no volvieran, que estaba cerca el líquido que saciaría nuestra sed.
- Se echó a nadar. Nadó y nadó. Y en las noches, para dormir, se ponía en posición de muertito y flotaba. Y el mar le daba cobijo, así es, las aguas se templaban para él, las corrientes se aquietaban para él porque los mares lo reconocieron como un hombre suyo. Y apenas salía el sol se dedicaba a nadar horas y horas, hasta que por fin, una noche, la corriente lo arrastró a una playa. ¿Que esta historia ya te la sabes, E?, ¿que se llama Montecristo este hombre y es un conde? Mentira. No pudo ser conde. ¿Que la historia la escribió Dumas? Eres necio, E, y te diré por qué. Fue mi tatarabuelo el que recogió a ese hombre, fue mi tatarabuelo el que encontró a ese pobre hombre tirado en la orilla y nos legó esta anécdota. Pues desde un principio les dije que sería una anécdota, ¿no? Si para cuentos sirenas, ¿no?
Y fue que cerré los ojos y vi una espiral inmensa que giraba con una fuerza de otra índole. Daba vueltas sobre sí misma y se perdía infinitamente hacia su centro. Sentí que los chicos sabían en qué punto me hallaba como si ellos lo hubieran visto todo el tiempo. Sentí que su oído inconmensurable me escuchaba, me seguía y me preguntaba ahora qué quería yo hacer. ¿Qué quería yo hacer con el recorrido difícil y largo al que me habían llevado? Y entendí que desde un principio no habían dejado de preguntarme qué quería yo hacer. Tenían curiosidad (podía olerla como la lluvia) por ver qué iba yo a jugar en un momento tan precioso donde cualquier músico se relegaría a un segundo plano, iría al baño a jalarle al escusado sin haber meado, se remitiría a una sabionda teoría o creencia que no tendría que ver con esa música. A nadie le gusta estar perdido entre la niebla con cuatro chicos que nunca sabrán lo que hicieron.
- Mi tatarabuelo y el hombre listo pasaron muchos meses juntos, conversando y trabajando en la pesca, hasta que un día el hombre listo marchó para siempre. En todo caso el tal Dumas escuchó la historia, pues tuvo su fama, o la escuchó de mi abuelo, descanse en paz. Eso es lo que hacen todos esos escritores, ¿no? Van por ahí, escuchan algo, lo escriben bien y lo venden. Ahorita vengo, quedó un pan dulce, ¿no?
¿Qué pedían de mí si nada les faltaba?
Renuncié a enseñarles un camino, aún con todos mis estudios en conservatorios, mi trayectoria, los aplausos que he logrado. Para ser listo lo primero de todo es no querer pasarse de listo. Y respondí con mi guitarra: vamos de una vez por todas a enterrar esta flecha, chicos, esta flecha de la lluvia, esta garza que se incendia, este hueco viento que nos quiebra las manos. Vamos a enterrar este desierto que expandieron en el aire. El hallazgo está en todos lados. 

IV

Por la noche tocaremos en el teatro. Nada del otro mundo para ellos que, con todo y su corta edad, ya tienen bastante experiencia en la materia. Al teatro, que no es gigantesco, sí le cabe un buen puñado de gente. Lo hemos elegido por su acústica.
T anda por toda la ciudad buscando un micrófono que falta. Los instrumentos y el equipo ya se los llevaron; al rato nos veremos en el teatro no tanto para ensayar (ya todo está ensayado) sino para calentar y ponernos a tono. E fríe molletes, R y yo jugamos cartas. El gato ha estado mosqueando y ahora ha venido a sentarse a mis piernas; lleva ya dormido un rato. Ha llegado la novia de E con N y otros amigos. Dicen que los boletos ya están agotados. R casi no despega la mirada de las cartas, me ha confesado que se le hace muy agradable la cuina de tréboles, ha tomado un papel y un lápiz y la dibuja. El juego es un poco aburrido porque sólo somos dos, pero él está muy concentrado en su cuina.
Pienso que me encantaría ir al sillón donde está N a recostarme y leer un libro. Pienso que últimamente no sé qué libro leer y que no siento ninguna curiosidad de leer a ese tal Dumas.
N está muy sonriente, pero no es de esas sonrisas crueles que tienen algunas mujeres. Tal vez no sonríe, pero algo en ella sí lo hace. Sabe Dios si me explico.
Comemos los molletes. R me enseña su dibujo y dice que puede mejorar el sombrero. Ha colocado un sombrero lleno de plumas en la cabeza de la cuina y también le ha puesto medias y guantes. Dice que la ha dibujado así porque al llegar a su palacio el rey deseará quitarle el vestido, el sombrero, las medias y los guantes, y cada uno de esos instantes será un “eterno suspenso”, pues en su piel (y aquí me enseña un segundo dibujo mucho más interesante) han crecido tréboles negros a millares. Así ha dicho R.
Termino de desayunar y me levanto. El gato se despabila. Me acerco a N y le pregunto:
- ¿Puedo poner mi cabeza en tus piernas?
Se me queda viendo y se echa a reír. Me dice que sí y pone un cojín para que yo esté más cómodo. Desde abajo miro la barbilla de N; al girar la cabeza miro a R, absorto en sus dibujos, tarareando una de las canciones que más nos han gustado y con la que abriremos hoy el concierto.
- Yo creo que tus dibujos pueden servir para el libreto de nuestro disco. –le sugiero.
Me ve.
- ¿En serio lo crees?
- Sí. También creo que uno de estos días podemos ir a buscar algunos de esos tréboles.
- Y ver si encontramos un trébol de un millón de hojas. 

De La orilla de los mares ©