Pantera,
cuando hablo contigo
es porque sé que no hay nadie escuchando.

Pantera,
siempre me olvido.

Me olvido caminando
y muchos hombres van caminando con portafolios o mochilas,
con celulares o palabras guardadas tras sus bocas.
Me dicen: hablemos
y yo sólo tengo cabeza para pensar que el único diálogo sin interrupción es el silencio.
Lo pienso y lo pienso seguramente porque no termino de entenderlo.
Y miro a estas mujeres y hombres brillar como el sol pero de una manera más sublime que el sol, lo creo.
Me olvido, también, mirando de cerca. Y eso me espanta porque no es lo mismo olvidarse frente a una mujer que espera todo de ti
que frente a un cielo que se va enchuecando según vuelan los pájaros que crió el atardecer cuando uno hace todo por seguirlos.

Me olvido ya
y muchos hombres,
casi todos los hombres del mundo,
se forjan de mí porque te escribo,
ignoran que ignoramos,
que nada sin ti vale,
que eres, animala, muda
y en noches así nutrimos
pastos de arena,
cofres de profundas aguas:
tontas cosas, pocas cosas, sencillas,
peces, piedras, manos,
artilugios bajo la llave del
que apodamos nuestro día
y que es poco nuestro,
porque lo que vivimos es como si fuera la invención de otro,
porque lo que vivimos fue adverso y corrupto
y hemos de cambiar toda la vida.

Pero, pantera, yo te quería decir
unas líneas que escribí la otra vez sobre la noche,
o sobre tu color, o sobre algo más que haya olvidado.
¿Dónde las pongo?

Es que veía en la oscuridad tus ojos
y sabía que no eran tus ojos
porque tus ojos me son inalcanzables
aunque digas que no, aunque me mires,
porque los hombres que imitan el rostro inhumano de la noche
sólo repiten la crueldad de la desesperación de caer en un vacío:
para nosotros la noche es intocable y lo que iluminamos de ella no es más
que nuestro propio reflejo, dolor y prejuicio.