- Mira qué bonita feria -dijo.
Allí estaba la feria de un momento a otro porque aquello era un sueño, lo sabía. Decidí no confesar que era la primera vez que iba a una feria y me sentí virgen y vulnerable. Le dije que por favor no entráramos. Y Felipe súbitamente se calló. Nos quedamos en la entrada, parados y sin saber qué hacer. A unos metros de nosotros llegó un caballo que echó sus grandes ojos para todos lados y luego se puso a relinchar. Pronto llegó otro caballo, más grande, y los dos se miraron. Me sentía extraño porque aún sabiendo que era un sueño seguía pensando en nuestro río, me arrodillé y lamí la tierra, que no era más que polvo, piedras y pasto mojado. Y frente a mí estaba la feria. Sentí un puñado de ganas de soltarme a llorar como un mar que choca sin respeto contra esos largos roquedales. Al despertar lo primero o lo segundo que vi fue mi libreta donde ahora escribo. Y vi a las palabras esperando algo. Invité a los vagabundos a la feria, les dije que nunca había ido y que tenía unas monedas y me dijeron que había una a ochenta kilómetros.