- Hace mucho que no escribes. -me decía Felipe, sacándose las manos del frío. Hacía frío y yo estaba seguro que el río iba a secarse en cualquier momento. No sé, creía que se iban a inundar todas las calles, y eso no me desagradaba, pero quedarnos con un río vacío era lo más triste del mundo. Felipe cerró los ojos pero siguió hablando, ¿por qué hablaba con los ojos cerrados? Parecía no darse cuenta que los había cerrado, entonces yo los cerré y escuché a Felipe pero no le seguía bien la conversación, quiero decir que no me interesaba en absoluto, y me fui quedando a solas con el mal sabor de boca que me producía no poder salvar el río, y las voces se iban quedando regadas. Luego volví y me harté de que tuviéramos los ojos cerrados.
- Mira qué bonita feria -dijo.
Allí estaba la feria de un momento a otro porque aquello era un sueño, lo sabía. Decidí no confesar que era la primera vez que iba a una feria y me sentí virgen y vulnerable. Le dije que por favor no entráramos. Y Felipe súbitamente se calló. Nos quedamos en la entrada, parados y sin saber qué hacer. A unos metros de nosotros llegó un caballo que echó sus grandes ojos para todos lados y luego se puso a relinchar. Pronto llegó otro caballo, más grande, y los dos se miraron. Me sentía extraño porque aún sabiendo que era un sueño seguía pensando en nuestro río, me arrodillé y lamí la tierra, que no era más que polvo, piedras y pasto mojado. Y frente a mí estaba la feria. Sentí un puñado de ganas de soltarme a llorar como un mar que choca sin respeto contra esos largos roquedales. Al despertar lo primero o lo segundo que vi fue mi libreta donde ahora escribo. Y vi a las palabras esperando algo. Invité a los vagabundos a la feria, les dije que nunca había ido y que tenía unas monedas y me dijeron que había una a ochenta kilómetros.